- Home
- Enciclopedia de Cruz Azul
- Plegaria Celeste
Plegaria Celeste
Crear artículoAntes de crear un nuevo artículo, accede al buscador y comprueba que no tengamos el artículo que intentas crear. Si no existe créalo y si ya existe puedes editarlo para añadir la información que no tenemos. ¡Gracias!
- Enciclopedia
- Artículo
- Editar
Plegaria Celeste
Enviar a un amigoMi amor por Cruz Azul comenzó a finales de los setenta. La razón tiene que ver con mi propensión - convertida en síndrome posteriormente - de enamorarme de todo a primera vista. Mi padre, americanista hasta los huesos, cometió un error garrafal: eligió un Cruz Azul vs Atlético Español para llevarme por primera vez al futbol. Allá por 1978, la máquina ya se perfilaba para tener su segunda gran época de la década. De aquel partido sólo recuerdo a Montoya haciendo añicos a la defensa rival. Cruz Azul ganó el encuentro y, para dolor de mi padre, a un aficionado particularmente obsesivo.
Han pasado treinta años. A lo largo de tres décadas, Cruz Azul ha correspondido mi cariño con un título y cientos de desilusiones. Es mi frustración infalible. Lo fue en los ochenta, cuando jamás pudimos darles su merecido a las insoportables águilas multi-campeonas ni a las sobradas Chivas del Zuly, el Yayo, el Chepo y demás apodos viriles. Lo fue en los noventa, cuando nos venció el Necaxa que tenía como únicos aficionados a su presidente (y al del país, por cierto) y a un actor cómico de dudoso proceder y escasísimo talento histriónico. Fue en aquellos tiempos cuando el Pachuca, otrora equipo menor de Hidalgo, vendría al Estadio Azul a darnos una repasada para quitarnos, de nuevo, un título de las manos.
Yo, mientras tanto, seguí coleccionando banderas y camisetas cementeras. Me aprendí de memoria aquella melodía de "los amigos del gol". Apenas comencé en el periodismo deportivo, me acerqué con Carlos Hermosillo, mi ídolo de la post-adolescencia, para pedirle una entrevista. Carlos firmó mi playera con el 27 y unos meses después procedió a ganar el título de goleo. Fue el propio Hermosillo quien me regaló el único momento de alegría en mis treinta años de cementero: el campeonato del '97 contra el marrullero León de Carlos "el Maestro" Reinoso.
Y, desde entonces, nada. O, mejor dicho, lo de siempre: Cruz Azul comienza fuerte, ilusiona, promete. Y fracasa. Peor aún: la derrota generalmente llega cortesía de algún rival poco recomendable, como esa doble goleada americanista hace un par de torneos cuando estuve a punto de quemar mis banderines cementeros. En los últimos años, el dolor ha sido demasiado: he dejado de ir al estadio y trato de controlar mis emociones cuando Cruz Azul se encarama, como acostumbra, en la cima a la mitad del torneo. "¿Para qué?", pienso. "Tarde o temprano llegará el quitarisas."
Esta temporada, sin embargo, me ocurrió algo curioso. Quizá sea el espíritu renovador o sólo un ataque de terquedad, pero he regresado a ocupar mi lugar en las gradas del estadio de Insurgentes. En el partido de mi vuelta compré una playera que me conmovió: al frente lleva un corazón rojo sobre fondo azul. El corazón parece derretirse. Abajo se lee: "No me arrepiento de este amor". Atrás, en grandes letras blancas, otra leyenda remata el mensaje: "Una pasión que pocos entienden". Así, ataviado de las excusas que dan tres décadas de mediocridad, entré al estadio. Ganamos. Y, por un momento, la sangre azul me volvió al cuerpo.
El próximo miércoles, Cruz Azul comienza una nueva aventura. El rival son los Tecos, que vienen bien y fuertes. Todo parece indicar que se avecina otra desilusión. Aunque uno nunca sabe. Quizás éste sea el año. Después de todo, ahí están Núñez, Chelito, Pereyra y Borgetti. Mejor plantel, nadie. Sí, quizás éste es el año. Qué caray: aunque pocos la entiendan, no me arrepiento de esta pasión.
Pásenme el tequila desde ahora.
