Cruz Azul Regístrate GRATIS en la web de aficionados del Cruz Azul.

Oscar Mangione / Gabriel Batistuta Perfil De Un Crack Que Se Construyó A Sí Mismo/parte 4

Crear artículo

Antes de crear un nuevo artículo, accede al buscador y comprueba que no tengamos el artículo que intentas crear. Si no existe créalo y si ya existe puedes editarlo para añadir la información que no tenemos. ¡Gracias!

Denuncia

Por favor indica el motivo por el que quieres denunciar el artículo

Por favor, copia y pega el párrafo/s que estás denunciando para localizar el texto dentro del artículo. Gracias.

Oscar Mangione / Gabriel Batistuta Perfil De Un Crack Que Se Construyó A Sí Mismo/parte 4

Enviar a un amigo

Sí, el tema de la presión en un equipo grande lo he vivido en carne propia y tenés que poder sostenerlo. En el fútbol hay situaciones que son placenteras pero son las menos, en realidad es todo más presión que otra cosa, tu imagen depende de muchos factores. Hay puestos también que son diferentes, el delantero es una cosa, como defensor tenés más probabilidad de ser cómplice en una jugada de gol en contra que a favor. El caso del arquero es también muy especial, no sé el caso de Gaby; bueno, por ahí agarraba una y la metía, y eso es favorable para el delantero, acota un Abramovich definitivamente serio.

Pogany agrega: Sí, bueno, yo estoy totalmente de acuerdo, más en mi puesto, vos sabés la responsabilidad del arquero: significa perder el partido, el puesto y una infinidad de cosas que te acarrea un gol. Pero no te olvides de que en el caso de un delantero también, por ejemplo ya que hablamos de Batistuta, soportar una racha adversa cuando vos no metés goles también es un tema que sólo lo supera el temperamento. Porque vos no la metés, y si vos no estás fuerte anímicamente, si no te sobreponés a eso terminás resignando el puesto.

Sí, siempre viene otro que está esperando, dice Luis.

Ahora una de las cuestiones que pretende este trabajo es mostrar a la gente, eligiendo un caso emblemático como es Gabriel, lo distinto que es la vivencia del deporte para un jugador y para el público.

Sí, la gente se piensa que es todo color de rosa y no es así. Hay una presión constante, la exigencia de la hinchada que piensa que hay que ganar o ganar, y más en un club como el que estuvimos nosotros (se refiere a Boca Juniors), que hay que ganar o morir, es ganar o sos un fracasado. Y que los medios periodísticos te exponen con números, si calificaste bien o no, escuchás constantemente que hay que ganar o te vamos a sacar del equipo; entonces es una presión realmente muy fuerte.

Bueno, sin dudas que hay puestos que son peores, como el caso tuyo, Esteban, responde Abramovich.

El jugador de fútbol que llega a Primera División tiene que tener una habilidad motriz mayor que el resto, refiriéndonos a los que practican el fútbol amateur. Se llega por una habilidad innata, puede desarrollarse, o es una mixtura entre estas cosas.

Contesta Pogany:

Mirá, yo estoy convencido de que llegar a Primera División es una suma de factores. Si vos sos solamente habilidoso, te van a faltar un montón de cualidades; si sos totalmente disciplinado, te falta otra parte. Entonces es una suma de cosas, con algo que es totalmente innato, vos traés cosas desde la cuna, por decirlo de alguna manera y otras que las vas adquiriendo a lo largo de la carrera.

Abramovich también da su parecer: Hay dos tipos de jugador para mí, está el de instinto real que tiene unas cualidades que las ha desarrollado en un potrero, no lo veo practicando sino que ha nacido de raza; no creo que sea genético sino que trae cualidades motoras. Pero después podés llegar sin ser tan distinto. Está comprobado, hoy con un cuidado físico, haciendo una disciplina física y táctica, ser un jugador alto para jugar en defensa, para ganar de cabeza con esa suma llegás. Bueno, mirá Rugge-ri cómo jugaba, siendo limitado pero con temperamento y ganando de cabeza en las dos áreas; desarrollando condiciones, aun no siendo “completo”, podés llegar.

Los dos más o menos coinciden con esto de que es una suma de factores que se deben desarrollar y potenciar con trabajo en el marco de una fortaleza anímica. Creo que tenemos un buen ejemplo con Gabriel.

Por eso te digo que hay cosas que para mí se adquieren, afirma Pogany, muchas cosas a lo largo de la carrera. Que creo que en el caso concreto de Gabriel Batistuta ha adquirido un montón de elementos, así como Luis, así como nosotros vimos cómo fue creciendo día a día, de cómo por ahí tiraba las pelotas para arriba, después ya no las desperdiciaba tan seguido, después aprendió a colocar el cuerpo, aprendió a ocupar espacios vacíos, a cabecear, adquirió un montón de cosas pero él ya traía incorporado un montón de otras. Entonces vos podés obtener ciertas cosas, lo que no podés adquirir es el talento, eso es lo que te digo que para mí viene innato.

Claro, el estilo Bochini no se aprende, para nombrar a alguien. Maradona no se aprende.

Lo que no quiere decir que a partir del trabajo y la voluntad, alguien no tan superdotado pueda acceder a los altos niveles del deporte si potencia y trabaja con inteligencia al máximo sus condiciones. Asimismo alguien dotado de habilidades impresionantes puede quedar en el camino si no tiene la suficiente fortaleza para afrontar una meta tan difícil.

El fútbol es un juego de equipo, dice Pogany, algunos manejan la pelota para que otros puedan fulminar la jugada maravillosamente. Batistuta es el fulminador de las grandes obras. Y si no, se las fabrica como él sabe y hace el gol él.

A partir de esto que dicen, es como que sabe apostar bien a fondo a las condiciones que lo iban a llevar a destacarse.

Sabe perfectamente sus virtudes y sus defectos, afirma Pogany.

A lo largo de su carrera vos no lo vas a ver que intente hacer una cosa rara, porque ni lo intenta, acota Luis.

Luis, vos sabés que creo que él podría llegar a tirar un caño pero él está tan convencido de que lo suyo es hacer goles, que no se distrae con otras cosas.

Él apuesta a lo de él. Ahora en esto de distribuir, que son esas cosas que se corren de que no distribuía bien o que era muy duro para distribuir los recursos monetarios.

Después de algunos chistes de Abramovich acerca de lo poco desprendidos que son los jugadores de fútbol con sus recursos monetarios, tema con el cual atacó de nuevo sin necesidad de fundamentarlo, pero con el evidente propósito de llevar la charla a climas más ligeros, Esteban Pogany retoma algunas definiciones:

Bati era un pibe de gran corazón, abierto, muy buen compañero, vos sabés que yo tuve una muy buena relación. No me puedo olvidar nunca de que con él saqué el dorado, el primer dorado, en el río Paraná, lo saqué con él cuando fuimos a pescar a Reconquista. Lo comimos en su casa. Después tuvo un gesto bárbaro, para mí fue una cosa extraordinaria. Pasó como una semana, no sé cuántos días, un día golpean en mi casa y apareció una encomienda enorme, que traía la cabeza del dorado embalsamada, me la había mandado Gabriel, para mí fue un gesto hermoso, todavía conservo el recuerdo.

¿Qué tipo de compañero era?

Era divertido, recuerda Abramovich, salíamos juntos, en las concentraciones. Nosotros dormíamos juntos en la misma habitación con él, por lo general casi todos los jugadores, no todos, compartíamos una sintonía de diversión, como una forma de descarga. Con Bati no era la excepción, hablábamos boludeces todo el día, cargándonos, cargando a la gente, sanamente. Siempre así, sanamente, era un tipo bien, que venía de Rosario, que hablaba de su familia, un tipo que quería llegar también por una cuestión económica, ¿no? Creo que él mismo lo dice también, que él no es un fanático del fútbol, él ha buscado establecerse económicamente, lo que en realidad hemos buscado nosotros también. La gente se cree que uno ha jugado sólo porque le gusta jugar, por ahí la gente no sabe las horas de entrenamiento que uno tiene que hacer, las cagadas a palo de los profes que nos hemos comido, los días de concentraciones, no estar con tu familia...

Dicen, gana plata, gana plata, gana lo que se merece, porque es lo que genera.

Luis pasa con facilidad del humor a ponerse serio, es un tipo emocional; el recuerdo de su actividad como jugador profesional trae a flote sentimientos que se suelen ocultar bajo su faceta divertida. Los sacrificios que realiza un futbolista son grandes y muy pocas veces apreciados por los aficionados que suelen tener una visión idealizada. Es una apuesta muy fuerte que sólo en algunos casos tiene generosas compensaciones en el campo económico pero deja un vacío muy grande cuando en la plenitud de la vida (la carrera termina poco después de pasados los treinta años) se debe abandonar la profesión por la cual tanto se luchó y dejar un espacio que fue muy duro de conseguir. Hay también una velada referencia a que la enorme cantidad de recursos que genera el fútbol no es destinada en una proporción justa hacia los jugadores reivindicando su derecho a percibir sumas importantes. Es obvio que las injusticias laborales son seguramente más pronunciadas en otros ámbitos, pero no por ello estas alusiones de Abramovich son menos ciertas. Pogany también agrega un comentario:

Tal vez pasa que sólo ven lo económico pero no lo que se esfuerza y eso es real; el jugador de fútbol hace muchos sacrificios para estar ahí. Y sólo los que aguantan llegan a ocupar posiciones importantes. A veces tenés que hacer el esfuerzo de entrenar cuando sabés que no te toca jugar, pero si aflojás perdés.

Agrega Abramovich: Vos te levantás a las siete de la mañana con el cuerpo molido, molido, y vos sabés que tenés que ir a un entrenamiento exigente y uno está hecho pelota. Y tenés que ir pensando, y a veces estás todo contracturado y tenés que arrancar el entrenamiento con todo.

Retoma Pogany: O cuando estás lesionado, o lesionarse en el momento en que uno está muy bien y saber que tu lugar puede correr peligro.

Y ésa es otra de las cosas que hace que un jugador sea diferente, ¿no? Hay jugadores que soportan eso y por eso se pueden mantener en alto nivel; otros no lo soportan y terminan jugando en una división más abajo, o pierden el puesto. Entonces el que llega a lograr todo realmente tiene condiciones diferentes del resto, o algo más que le permite soportar todo el proceso. El estado anímico es fundamental.

Luis Abramovich finaliza con el tema:

Yo quiero decir una cosa más, una cosa mía que yo recuerdo, haciendo pretemporada; las pretemporadas son mortales, te matan, tenés un “sacrificio doble turno”, que te muele todo el cuerpo. Y me acuerdo de que hacíamos trayectos largos, de altura, que teníamos que ir barranca arriba; recuerdo que en esa época estaba un tema de moda, un tema musical de Elton John, Sacrifice, y yo no daba más, cantaba por adentro mío, Sacrifice, Sacrifice, para darme fuerza. Sí, ¿té acordás la pretem-porada de Córdoba? Era muy dura, uno por dentro se tiene que mentalizar.

Habíamos terminado la cena durante la cual transcurrió esta charla que, después de todo, fue entre miembros de un grupo de trabajo, con el que compartimos años de vivencias muy intensas. Esteban Pogany resume con precisión la resultante de esa experiencia:

Pero la pasamos muy bien, y todavía perduran los afectos.

El hecho de que prevalezca el afecto en un ambiente tan despiadado habla de la calidad humana que predominaba en ese grupo, agrego con satisfacción.

Sí, hubo muy buena onda, pasamos muy lindos momentos, hemos compartido muy buenos momentos, coincide Pogany.

Luis Abramovich cierra nuestra charla: Bueno, con Gabriel me tocó concentrar (se refiere a compartir la habitación en la concentración), y yo le tengo mucho cariño, con otros jugadores por ahí es como que se dio otro feeling, si hablo de Gabriel, hablo de un amigo, tiene así como... una simpleza. Así como lo demuestra en la cancha, es así.

7

Italia: la gran meta

Tengo en la cabeza que para ir a jugar a Italia debo andar muy bien en River. Tengo que romperla cada domingo. Es lo único que pienso, antes, durante y después de cada partido.

Italia representa la tranquilidad de asegurarme un buen pasar para el resto de mi vida, pero al mismo tiempo es la satisfacción de jugar en el mejor fútbol del mundo.

Por el único motivo por el que le diría no a una transferencia a Italia sería por trabajar en la Selección. Lamentablemente, no creo que tenga posibilidades de llegar al ’90 pero quiero jugar en el Mundial de Estados Unidos en 1994.

Es sorprendente pensar que estas declaraciones fueron hechas por Gabriel Batistuta cuando tenía 20 años, en 1989.

Gabriel no era titular en River, no se había consagrado ni mucho menos; es más, sobre la llegada de Passarella, quien reemplazaría a Merlo en la dirección técnica, quedaría relegado. Ya en ese entonces tenía sus objetivos claros: nada menos que jugar en Italia y formar parte de la Selección argentina.

Para alcanzar esas metas contaba con la fe en sus condiciones y una voluntad inquebrantable de trabajar para mejorar.

Los momentos que vivió en una época inmediatamente posterior a esas declaraciones fueron muy difíciles y habrían desalentado a más de uno. Pero muchos somos los testigos de que eso jamás ocurrió. Muchos también pudieron haberse burlado de sus aspiraciones y tomarlas como ilusiones de grandeza. No lo conocían, eran las palabras y las convicciones de un grande.

Gabriel Batistuta no llegó a la Selección que salió subcampeona del mundo en el ’90, tal cual predijo con mesura, pero jugó en el Mundial del ’94 junto a Diego Armando Maradona y llevó sus goles a Italia, país que lo recibiría con sus generosos brazos abiertos.

Lo dijo en el ’89, cuando otros no se atrevían ni a soñarlo. Después lo logró, tal cual como sus objetivos lo dictaban.

Gabriel ama a Florencia, es fácil adivinarlo cuando lo escuchamos hablar de esa magnífica ciudad. Le brillan los ojos. Se puede vislumbrar que allí ha sido feliz. Se consagró definitivamente en el fútbol en ese lugar del mundo privilegiado por el arte y la belleza. Fue un hijo dilecto de sus habitantes, de los tifossi de la “Fiore”, y él pagó con goles y con su generosa tenacidad de siempre el afecto que recibió. Le dolió irse. Le costó irse. Tardó quizá mucho tiempo en hacerlo porque su anclaje en esa ciudad no era sólo profesional, era del corazón.

Se transformó en el máximo goleador extranjero de la Fiorentina con 167 goles. Llenó el lugar de ídolo que había dejado vacante Roberto Baggio y, luego de superar una etapa confusa que culminó con el alejamiento del técnico brasileño Lazaroni, se consolidó en su lugar de goleador. Sus logros con la Fiorentina no fueron pocos: máximo artillero del Campeonato italiano en la temporada ’94/’95 con 26 goles, campeón de la Serie B, Copa Italia ’95/’96 y Supercopa Italiana ’96.

Más allá de la contundencia de los números, su relación con el pueblo de Florencia se funda en el afecto mutuo. Siempre dice que fue ese público el que facilitó su adaptación a Europa y su incondicionalidad, y le hizo difícil la determinación de buscar nuevos horizontes para sus logros futbolísticos.

No había en la Fiore un plantel para acompañar a Batistuta, en sus aspiraciones de ganar el ansiado Scudetto. La decisión de irse fue muy dura para él y la postergó tal vez más allá de lo conveniente, tanto desde el punto de vista deportivo como económico.

Giovanni Trapattoni declaró en su momento: Batis-tuta y yo tenemos el mismo destino, somos prisioneros de un gran sueño, que la Fiorentina triunfe.

Yo espero que se quede en Florencia aunque entiendo sus razones para irse en el plano humano.

Me gustaría hablarle, no para tratar de convencerlo, pero sí para entender mejor ese momento suyo. A veces hay que entender bien lo que tiene el jugador en la cabeza. Un jugador no es sólo sus pies, es también su corazón y su alma.

Gabriel tiene la edad de mi hija, quiero hablarle y decirle muchas cosas.

Creo que Batistuta le ha dado mucho a Florencia y ha recibido mucho el enorme amor que esta ciudad tiene por el capitán de su equipo. Si se queda voy a estar contento.

(Declaraciones de Trapattoni para Stadiocorsport, 6/5/98.)

Y Gabriel se quedó un tiempo más.

Otro de sus técnicos en la Fiorentina, Claudio Ranieri, con el cual Gabriel tuvo sus mejores éxitos en la escuadra violeta, dio su autorizada opinión: Gabriel no tiene la calidad de Maradona, pero ha llegado a ser un gran jugador mediante su empeño y humildad.

Batistuta es un líder que habla poco pero transmite con su carisma estímulos al equipo.

Le reconozco una cualidad muy importante para el gol: la inteligencia.

Cuando llegó en el ’91 la gente decía que era el nuevo Dertycia. Con sólo 22 años ha tenido la humildad de meterse comprometidamente en el grupo y la voluntad de entrenar sin descanso.

Su fuerza principal reside en el carácter. Cuando yo asumí en la Fiorentina, Batistuta tenía 24 años y ya era un “muchacho adulto”.

Es un jugador completo. Eficaz en los tiros libres. Cabeceando es fortísimo. Tácticamente sabe leer muy bien los partidos. Conoce el momento de cuándo se debe atacar y cuándo sostener el resultado.

Es importante su seguridad cuando pierde un gol. No se confunde como los otros atacantes, sabe esperar que vuelva un buen momento. (Corriere della Sera, 7/11/00.)

El testimonio autorizado de uno de sus compañeros de ataque en la Fiorentina permite apreciar una síntesis muy lograda de sus condiciones. Dice Francesco Baiano: Batistuta tiene una virtud primordial: aparece en los instantes más difíciles, cuando el equipo más lo necesita.

Frente al arco rival muy pocas veces se equivoca. Es certero para definir y lleva el gol en la sangre. Como los grandes goleadores.

Pero no sólo se queda en el gol, aunque los números así parecerían indicarlo. En los últimos tiempos ha evolucionado mucho como jugador de equipo. Colabora con el resto, crea espacios libres para la llegada de los mediocampistas, se muestra en forma permanente por más que siempre está marcado por uno o dos defensores. (Clarín, 19/11/94.)

Cuando por fin se produce su resonante pase a la Roma, Batistuta declara en una conferencia de prensa en Buenos Aires: Yo no sé si con este pase me convertí en el jugador mejor pago del mundo. Sí puedo decir que lo que pagó la Roma por mi pase no es normal.

La Roma es el equipo ideal para mí, porque me demostró que tiene un proyecto muy serio a corto plazo. Espero disfrutar de mis últimos años de carrera y si es posible también ganar...

Y ganó. Después de muchos años de sequía la Roma lograba su ansiado Scudetto con la contribución de este hombre que llegaba al equipo de Capello con las mismas esperanzas de sus tifossi. “El Rey León”, como lo llamaron a partir de su incorporación, convertiría 20 valiosos goles pese a estar disminuido físicamente por una seria lesión en su rodilla que sobrellevó con entereza.

Comenzaba otro gran amor entre el pueblo futbolero de la Roma y el jugador que llegaba con la esperanza de devolverle a esa gran institución del fútbol italiano la gloria que tanto se hacía esperar, sobre todo en ese momento en que aún resonaban los festejos de su archirrival de siempre: la Lazio. Y Batistuta no los defraudaría. Esta historia reciente la pude palpar por mí mismo en mi encuentro con Gabriel en Roma. Pero ése es otro capítulo.

8

El encuentro en Italia

Como se supondrá por mi apellido, mi ascendencia es italiana, por lo cual cada visita a ese querido país siempre guarda un sentido muy especial.

Pero esta cuarta oportunidad de visitar la tierra de mis ancestros estaba cargada de mucha expectativa y mucha emoción.

El principal, aunque no único objetivo de mi viaje, era el reencuentro con un muchacho a quien había conocido cuando yo pertenecía al cuerpo técnico de Boca Juniors. En ese entonces él era un jugador de fútbol muy joven y con la particularidad de no ser famoso en la Argentina aun después de haber pasado por River Plate. Ahora todo era radicalmente distinto. Estaba a punto de reencontrarme con una megaestrella del fútbol mundial.

Todo este asunto hubiera estado a punto de desbordarme si no fuera porque entre los dos extremos de la historia que estoy relatando hubo un encuentro previo en la Argentina que se produjo un año atrás. No había vuelto a ver a Gabriel Batistuta desde su incorporación a la Fiorentina hasta aquella noche en la que dio, en un hotel de Buenos Aires, una conferencia de prensa en la que anunciaba su resonante pase a otro grande del fútbol mundial: la Roma.

Su representante, Settimio Aloisio, con quien siempre nos habíamos mantenido en contacto, me llamó invitándome a esa conferencia, no sólo a mí sino a otros integrantes de aquel Boca en el que Gabriel hizo su despegue, para que fuéramos a cenar y a reunirnos con los recuerdos y afectos que habían nacido en esa experiencia en común.

Cuando ingresé al salón de conferencias tuve el impacto de ver en el centro de la escena a ese querido pibe convertido en un personaje por esa parafernalia con que los medios masivos de comunicación rodean a las personalidades que uno sólo ve a la distancia. A esos que únicamente vemos como figuras públicas y a los que nos cuesta otorgarles humanidad.

Toda esa familiaridad con la que solíamos tratarnos en otros momentos de su historia y de la mía parecía no haber sido real.

¿Era el mismo pibe con quien compartíamos el viaje a los entrenamientos alternando su auto y el mío? ¿Era el mismo pibe que comía las empanadas que mi querida abuela nos servía en mi cumpleaños? ¿Era el mismo pibe de sonrisa franca, chistoso, divertido, con unas ganas inclaudicables de triunfar? ¿Conservaría la sencillez de entonces?

Todas esas preguntas perdieron su razón de ser en el primer abrazo, en la primera mirada. Todos los que fuimos a ese encuentro que se materializó después de finalizada la conferencia de prensa en una habitación de ese hotel nos encontramos con aquel mismo muchacho querible de años atrás. Todos reflexionamos para nuestros adentros que era posible llegar tan alto y no desdibujarse en la altura.

El pibe aquél no había sido desterrado por este ídolo.

Creo que sin ese encuentro previo la ansiedad con que llegué a Roma hubiese sido mayor.

Me había costado mucho conseguir una habitación de hotel en ese setiembre de 2001. Como siempre Roma estaba llena de turistas de todas partes dispuestos a adorarla.

Es difícil pensar que alguien pueda visitar esa ciudad de indescriptible belleza por algún otro motivo que no sea para admirarla. Sólo eso debería bastar.

Una vez alojado en un hotel vecino a “Termini”, debía buscar el momento propicio para llamar a Gabriel.

Luego de instalarme en la pequeña pero confortable habitación que daba a la Via Massimo D’Azeglio, decidí hacer una diligencia previa en La Gazzetta dello Sport, donde debía encontrarme con el periodista Gaetano Imparato, quien me esperaba para darme material periodístico e información sobre la trayectoria deportiva de Gabriel en Italia.

En realidad, necesitaba un tiempo para adaptarme a mi llegada a Roma y prepararme para mi encuentro con Gabriel.

Con un mapita que me acompañó y me fue de gran utilidad en toda mi permanencia, ubiqué la dirección de la redacción.

Pedí un taxi y comencé a disfrutar de esa maravillosa ciudad.

Imparato fue muy amable conmigo ya que no sólo me dio material sino que me informó sobre los horarios y las rutinas de entrenamiento de la Roma y los nombres y teléfonos de las personas que debía contactar para facilitar mi ingreso al complejo que el club romano tiene en un elegante suburbio.

Esto podía ser necesario para mi encuentro con Gabriel, ya que por motivos obvios no siempre es fácil contactarlo en su celular, que a veces apaga para descansar de la incesante sucesión de llamados que habitualmente recibe aun en su reservadísimo número telefónico. Visitarlo en Trigoria —allí se encuentra el complejo donde entrena la Roma— era un reaseguro que tenía como alternativa al teléfono.

Sin embargo, tuve suerte y al primer llamado que realicé desde la habitación del hotel encontré del otro lado de la línea la inconfundible voz de Gabriel.

Quedamos en vernos al otro día en el entrenamiento matutino. Él se aseguraría que los encargados de la custodia facilitaran mi ingreso.

Además de la alegría mutua por el encuentro, el llamado y su respuesta me dieron la tranquilidad necesaria para pasear y disfrutar del resto del día libre.

Luego de un viaje en el metro que duró más o menos media hora, llegué a la terminal que me habían indicado, desde allí tomé un taxi y en pocos minutos me encontré frente a un predio en cuyas puertas se agolpaban algunas decenas de aficionados para ver de cerca a sus ídolos en el momento de su llegada al trabajo.

No me llamó la atención que la gran mayoría fuese público femenino, ya que esta escena era muy similar a la que viví años atrás en los entrenamientos de Boca. Los hombres aparecen masivamente en los partidos para ver jugar a los futbolistas de su equipo; en cambio, a algunas fanáticas les interesa verlos, para tener un contacto cercano y aunque sólo sea fugazmente poder transmitirles su cariño y admiración y, en el mejor de los casos, llevarse el trofeo de una foto, un autógrafo, o un beso.

A veces me resultaba conmovedor ver cómo un puñado de chicas, vestidas y producidas con su mayor esfuerzo, esperaba largas horas con la sola ilusión de cruzar algunas palabras con sus ídolos. Hasta se creaba una relación entre ellas y se conocían por sus afinidades con uno u otro jugador.

Sorprendía su fidelidad y fanatismo, pero sobre todo la intensidad de ese platónico amor que quizás ocupara el lugar de otro más posible de ser realizado.

Al no poder calcular el tiempo de viaje llegué a Trigoria antes de la hora prevista la tarde anterior, por lo cual Gabriel no había llegado aún. Los custodios me habían indicado un lugar cercano a la playa de estacionamiento donde podía esperarlo.

A los pocos minutos él arribó en un poderoso auto deportivo.

Nos confundimos en un abrazo en el que me transmitió la calidez de siempre.

El complejo que la Roma posee en Trigoria es magnífico: la calidad de las cuatro canchas para entrenamiento es sorprendente. Posee una hermosa pileta de natación, un confortable bar y, según me relata Gabriel, habitaciones muy cómodas. El verde y el silencio gobiernan el lugar en el que transitan muy pocas personas con relación a su tamaño, todo alejado de miradas curiosas en función de la intimidad que un plantel necesita tanto para sus entrenamientos como para las concentraciones.

Presencié una práctica muy liviana en la que luego de un breve trabajo físico se ensayaron jugadas con pelota parada. Una oleada de recuerdos me abordó sin que los buscara. Gabriel, con la misma actitud de siempre, que ya han descripto con generosidad los técnicos que testimoniaron para este libro. Pero tal vez ese aire de verano europeo me llevó en el recuerdo a una pretempo-rada que realizamos en las sierras de la provincia de Córdoba.

Estábamos con el equipo de Boca Juniors que en ese entonces dirigía Carlos Aimar. Como siempre, después de que terminaba oficialmente la práctica Gabriel se quedaba tiempo extra hasta que alguno de los arqueros quisiera acompañarlo. Yo estaba detrás del arco charlando con Ricardo Denari (traumatólogo del equipo) y en un momento el último arquero que soportaba sus disparos, Esteban Pogany, dijo: “Bueno, basta Gabriel, me voy a cambiar”, al mismo tiempo que el utilero del plantel Mario Ledesma desenganchaba la red. Pero Gabriel, lejos de resignarse, le pide a Ivar Stafuzza (en ese tiempo marcador de punta derecha en el primer equipo boquen-se) que se ponga en el arco para poder practicar un po- co más.

Con una desconfianza visible y un desgano que pretendía disimular Ivar se para bajo los tres palos, ya sin red. El desenlace de esa historia ocurre luego de que el diminuto marcador de punta viera pasar un disparo del Bati como un misil. Pude involuntariamente comprobar la famosa potencia de su disparo cuando impactó en una parte de mi cuerpo, que conservó la huella del aquel balazo por varios días.

Dando por concluida la práctica, huyó sin querer comprobar mi probable carácter vengativo.

El mundo del fútbol suele generar escenarios simi-lares.

El ambiente era franco y distendido y luego de terminada la práctica Gabriel, Totti, Lima y Cafú se prendieron en un tenis-fútbol en el que se reproducían las bromas, los reclamos, el robo descarado de puntos y las burlas que siempre había observado durante mi trabajo en el fútbol argentino.

En el centro de una de las canchas se veía al técnico Capello con sus colaboradores, con quienes seguramente mantenía esa reunión en función de la planificación y la coordinación del trabajo.

La seriedad y la concentración de esos hombres contrastaban con la distensión divertida de los jugadores.

En la medida en que se acercara el tiempo del siguiente partido comenzaría para los futbolistas el retorno de la tensión y la adrenalina que siempre preceden el choque con el rival de turno. Hasta entonces los miembros del cuerpo técnico se encargan de todos los problemas y las cuestiones por solucionar, relevando a los jugadores de cualquier otra ocupación que no sea la de entrenarse y prepararse para el partido, instancia donde la soledad de los futbolistas frente a la responsabilidad de ganar es total. Los que quedan al costado de la línea que delimita el campo de juego pueden sufrir, gritar, alentar e incluso ordenar en el caso del técnico pero —como se suele decir en los vestuarios— a la hora de la verdad los que definen son los jugadores. Esto no resta la importancia que tiene el trabajo del técnico ni de ninguno de sus colaboradores, hasta podemos pensarla como imprescindible para el rendimiento requerido en la alta competencia deportiva, sólo que marca una frontera hasta donde llega todo ese inestimable trabajo, el borde de la cancha.

Un boxeador argentino ya desaparecido desplegaba esta idea con una frase de gran significación y contundencia para mostrar la soledad del deportista en el momento de la competencia: “Cuando suena la campana, hasta el banquito te sacan”, afirmaba con gran sabiduría Oscar “Ringo” Bonavena.

Observaba con una mezcla de curiosidad y admiración una vitrina llena de trofeos que exhibía con orgullo las glorias obtenidas por el club romano, mientras esperaba a Gabriel, con el que habíamos convenido almorzar allí mismo, en el bar que posee el centro de entrena-miento.

Este lugar nos aseguraba una intimidad que sería difícil obtener fuera de allí.

El primer tema que tocamos fue su rodilla: cuál era el verdadero estado de esa lesión que lo tuvo a mal traer durante mucho tiempo.

El entusiasmo de Gabriel me alivió enseguida. Me decía con mucha franqueza que estaba muy bien, prácticamente recuperado. Sólo en forma esporádica sentía pequeñas molestias que no le impedían trabajar.

Los estudios revelaban que ya no existía el riesgo de que su ligamento se cortara. Pero en un momento se temió que el único remedio sería la cirugía; Gabriel me contaba que él quería evitarla ya que el tiempo de recuperación es muy largo y se hubiera quedado afuera del campeonato que finalmente ganaría con la Roma.

No pude evitar la angustia que me embargó al oírle decir que en un momento pensó que había llegado el final de su carrera. El sufrimiento era tan intenso que quedaba exhausto y le costaba mucho recuperarse después de los partidos, y en el transcurso de éstos se sentía muy disminuido en su respuesta física. Le recuerdo que en ese estado hizo veinte goles que le permitieron a la Roma llegar a su tan ansiado Scudetto. Se sonríe y me dice no saber cómo hizo para poder marcar tantas veces en esas condiciones casi insoportables. Vuelvo a tener la certeza de estar frente a un deportista cuyas características son extraordinarias. Le recalco que esto es más increíble aún si tomamos en cuenta la importancia que tiene el físico en su rendimiento, ya que una de las características más notables que posee es la potencia tanto en su despliegue como en sus disparos.

El estar disminuido físicamente sólo puede ser compensado con su extraordinaria fuerza mental; allí donde otros se rinden él redobla su apuesta.

Me cuenta que atribuye la mejoría a un tratamiento novedoso que emprendió en Roma. Ambos experimentamos el alivio de saber que Gabriel había superado un escollo que podía haber terminado con su carrera.

Hablamos sobre este trabajo y me dice con un entusiasmo casi juvenil que le va a divertir leer la opinión que los técnicos tienen de él. Bromea sobre la calidad de los contenidos, y nos enredamos en la inevitable oleada de recuerdos de la época que nos tocó vivir juntos en Boca Juniors. Concordamos en que era un lindo grupo y en lo bien que la pasamos, lo difícil de su comienzo recién llegado de River. Me dice que en aquel momento de su carrera lo ayudé mucho. La emoción y el pudor no me impiden afirmarle que, aunque mucha gente le haya brindado sus aportes, jamás debe olvidar que el exclusivo dueño del mérito es él mismo. Sonríe sabiendo que lo que le digo es cierto. Por mi parte no puedo evitar llenarme de orgullo y de alegría por su reconocimiento.

Le pregunto cómo hizo para asimilar un crecimiento tan grande de su popularidad y prestigio como deportista. Sus objetivos claros y el orden de importancia y valoración que les otorga a las cosas explican por qué “no perdió la cabeza”, según su propio decir. Las metas deportivas, cada vez más exigentes, siempre aparecieron nítidas en su horizonte y la importancia de su familia y su intimidad le sirvieron de fiel a una balanza difícil de equilibrar para cualquier hombre, cuando el peso de la fama, el dinero, la obsecuencia, la admiración exagerada, pueden volcar hacia el lado del narcisismo desmedido a la sombra de la cual la realidad y los valores pueden desdibujarse por completo.

Luego de comer jamón crudo y vegetales, me invita a compartir un churrasco advirtiéndome que la carne no es la misma que la de nuestro país. Comentario que hacemos los argentinos a la hora de comer carne vacuna, sobre la calidad de nuestro plato más típico. Claro que la gastronomía italiana posee los argumentos suficientes para cambiar esa nostalgia por placer. Cuestión que por mi parte me dediqué a comprobar en toda mi estadía, llevándome gratos recuerdos y quizás algún kilo de más.

Observo que está muy bien físicamente y le pregunto si se cuida en las comidas. Es obvio que sí.

Me propone seguir la charla en su casa. Irina, su esposa, había viajado a Florencia para atender algunos asuntos y estaríamos solos para charlar y tomar mate. Me sorprende la propuesta del mate. ¿¡Mate en Italia!? Entusiasmado me dice que se consigue y cuando viaja algún familiar siempre viene provisto con un paquete de yerba.

Pinceladas de nostalgia. El mate nos recuerda a nuestra tierra, es un elemento infaltable en algunos países de América del Sur, que denuncia nuestra hermandad, y lo compartimos con nuestros hermanos uruguayos, paraguayos y los gaúchos del sur brasileño. Reducirlo a la condición de simple infusión sería casi un sacrilegio, ya que todos lo consideramos como una prenda que une y ratifica nuestras charlas amistosas y en confianza. Acepto sin dudarlo.

No me extraña que al salir del predio de entrenamiento la mayoría de las tifossi aún esté allí esperando después de varias horas.

Gabriel se detiene y recibe las muestras de admiración de su gente. Posa desde la ventana de su automóvil para varias fotografías, firma autógrafos, contesta preguntas.

Es notable cómo mantiene un equilibrio entre el afecto que prodiga y los límites a su tiempo e intimidad. Maneja con gran pericia los posibles desbordes de sus admiradores, sin dejar de ser amable pero conservando la distancia justa y es sumamente expeditivo para hacerlo atendiendo a todos y defendiendo su propio tiempo, que por supuesto es distinto del de la gente que parece poder esperarlo una eternidad, y por ende quisieran retener indefinidamente ese instante de gloria que experimentan al estar junto a su ídolo.

Gabriel, qué difícil manejar esto, ¿no?

Descubro en el tono de su respuesta que es un tema serio para él: El cariño de la gente es hermoso, dice. Pero si te entregás sin límite a eso, no tenés vida.

Observo que lo vi manejar la situación con mucho equilibrio.

Siempre espero que la gente comprenda, a veces uno está apurado, a veces querés estar solo, o estás mal por tus propios problemas, dentro de ese marco espero responder bien.

En Roma su popularidad es inmensa y el típico carácter afectuoso y demostrativo de este pueblo es algo que cualquiera puede valorar. Pero cuando no hay tregua, y no se puede circular por las calles, ni visitar y disfrutar los hermosos lugares que abundan en la ciudad, cuando hay que responder siempre desde el estado de ánimo amable que todos esperamos del otro cuando experimentamos nuestros afectos y nuestra admiración, se hace muy difícil. La que es una situación única y probablemente irrepetible para los admiradores es una constante para el ídolo que recibe un mensaje desbordante a cada paso, por lo menos cuando se expone en público. El único remedio probable es esconderse o permanecer en lugares que le aseguren cierta intimidad.

No es fácil verdaderamente, cosa que comprobaría a lo largo de mi estancia en compañía de Gabriel.

En un vecindario sumamente tranquilo, a unos veinte minutos del centro de la ciudad, vive Gabriel Batistuta con su familia. Las casas del lugar tienen grandes jardines, sus calles son muy poco transitadas, en las angostas calzadas sólo algunas bicicletas se cruzan con autos tan lujosos como las construcciones que se advierten a través de las cercas y de los árboles. El grato clima veraniego hace aun más apacible y agradable el lugar. Al abrirse el portón eléctrico se descubre el hogar de la familia Batistuta.

Rodeando la casa se observa un extenso y bello parque poblado de una arboleda sorprendentemente heterogénea. En pleno trabajo un jardinero, seguramente responsable de la belleza del lugar, nos saluda discretamente mientras se ocupa de unas flores cercanas a una piscina de generoso tamaño.

Un amenazante perro Doberman cambia su aspecto temible por una actitud juguetona al reconocer a su dueño en el momento de bajar del auto. Me quedo unos segundos en mi asiento por precaución hasta que Gabriel me asegura que será amigable, cosa que compruebo disimulando mi alivio.

La casa es hermosa, moderna y sumamente amplia; la recorremos y me sorprendo cuando Gabriel me dice que le gustaba más la de Florencia. Tenía una vista maravillosa.

No esperen que describa su casa en detalle, lo considero parte de su intimidad, como algunos momentos de esta larga charla que quedarán entre nosotros.

Descubro en su mirada que la nostalgia por la primera ciudad que lo recibió en Italia y el intenso cariño del público florentino están presentes en esa comparación. El idioma portugués se refiere a ese sentimiento como saudade, en los pagos de Batistuta le dirían querencia.

Es cierto que está bien en Roma. Tanto con la ciudad como con su gente. Pero todavía su historia en la capital italiana se está escribiendo. Florencia tiene para Gabriel la significación de un hito en su vida que jamás podrá olvidar. Roma es en este momento su presente, con todo lo que eso significa. Pero ya le ha dado algo fuertemente esperado por él: su primer Scudetto. Uno de los grandes objetivos de la carrera deportiva de Gabriel Batistuta había sido cumplido allí, y eso tampoco se olvida.

Gabriel me relata que el amor de los florentinos para con él, se había tornado incondicional. Me aplauden hasta las que tiro afuera.

Si recordamos la inmensa cantidad de alegrías que Gabriel prodigó a los tifossi florentinos, se comprende esta actitud que el pueblo futbolero sólo reserva para sus ídolos.

Pero él experimentaba esa condescendencia como una especie de invitación al aburguesamiento que, como toda persona inteligente, traduce como el peligroso inicio de la decadencia. Necesito el desafío, necesito la exigencia, me confiesa.

Reflexiono que éstos han sido siempre los motores de su avasallante marcha hacia sus metas.

Dormirse en los laureles no está en los planes de quien tiene aún un difícil camino que recorrer.

Lograrlo todo en un lugar y volver a empezar en otro para ratificar lo que ya nos ha sido dado es la condición de pocos, en cualquier ámbito de este mundo. Yo no los llamo elegidos, creo que ellos eligen ser dueños de su destino como una premisa no negociable ni aun por gloria alguna.

Llegan de la escuela sus dos hijos menores, el mayor acompañó a la madre, quien junto con sus abuelos debía llegar de Florencia en las primeras horas de la noche.

Se acercan a saludarme con una timidez que no me cuesta descubrir de quién proviene. Y rodean a su padre, quien les pregunta qué cosas nuevas aprendieron en el día, y el infaltable ¿cómo se portaron? Me despierta mucha ternura ver a ese hombre en una clásica escena con sus hijos. No puedo evitar recordarlo como un casi adolescente.

Página creada por JimmySan

Es probable que este artículo contenga material de la Wikipedia este material se usa de acuerdo a los términos de la licencia libre de documentación GNU