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El Dia En K Me Enamore De Cruz Azul

El Dia En K Me Enamore De Cruz Azul

Un domingo de mayo de 1980 Cruz Azul y Tigres se disputaron el máximo galardón del futbol mexicano. En esa mañana La Máquina Celeste no sólo obtuvo su séptimo título de liga, también ganó un fanático y apasionado corazón que se pintó de azul para toda su existencia: el mío.
De ese partido mi memoria me arroja imágenes fieles y precisas: días antes de cumplir ocho años, junto con mi padre acudí a un pletórico Estadio Azteca en su primera aparición frente a mis ojos. Con el juego ya iniciado, el Coloso de Santa Ursula se estremeció hasta sus cimientos a causa de un gol marcado por un joven futbolista de nombre Adrián Camacho enfundado en la casaca del Cruz Azul, a cuyo festejo trepidante me sumé apasionadamente.
A los pocos minutos de haberme contagiado de esta enfermedad azul y maravillosa, Rodolfo Montoya aumentó la ventaja para los Cementeros dirigidos por Don Nacho Trelles. Antes del silbatazo del medio tiempo mi Máquina ya ganaba dos a cero a los de Nuevo León y desde mí ser más interno, recién fascinado por este gran equipo, disparé un sonoro alarido de júbilo: “¡ya ganamos!”.
Concluído el aburrido entretiempo, los jugadores volvieron a saltar a la cancha y envalentonado por nuestra ventaja en el marcador lancé una vez más mi fuerte grito teñido de azul: “¡ya ganamos!”. Durante la segunda mitad, me deleité viendo a La Máquina Celeste pasar por encima de los norteños, cuando de pronto, tan sorpresivo como el primer gol de la jornada, cayó una anotación del bando enemigo.
No creí que el rumbo del partido cambiaría. Lo confirmé cuando un viejo aficionado apostado en la tribuna dijo la frase más lapidaria que existe para celebrar un gol del rival: “no hay problema compas, es el de la honrilla”. Minutos después, un tiro libre ejecutado magistralmente por Rodolfo Montoya alejó de mi alma toda preocupación. De uno de los pies del delantero azul se escapó un fogonazo que se transformó en el tres-uno.
Los minutos transcurrieron uno sobre otro, esperando que el Gato Marín, Nacho Flores, Viveros, el Confesor Cornero, Toribio, Lugo, Jara Saguier, el Wendy, Montoya, Camacho y el Chaplin Ceballos se alzaran con el título.

En los momentos en que ya paladeaba mi primer campeonato cayó el segundo gol de los Tigres y entonces sí me alarmé. Luego vi lo que jamás pensé ver en mi corta pero sustanciosa vida de fuego azul que ya me consumía. El sonido local anunció cambio de los contrarios: entraba al terreno de juego el portero suplente Mateo Bravo por un jugador de campo.
¿Dos porteros en la cancha? Me pregunté. Sufrí una confusión total. El arquero felino Pilarreyes (como yo entendí que se llamaba) se quitó su suéter y guantes de guardavallas y se los dio a su compañero saliente, éste se quitó su playera bañada en sudor de derrota y esperanza para entregársela a su portero titular y se fue de la cancha. Pilarreyes quedó descubierto de su vestimenta habitual y aún con su calzoncillo de portero corrió al centro de la cancha para reanudar el partido convertido en un atacante más.

Mi padre quedó callado. Dirigí mi mirada hacia aquél viejo aficionado para ver si nos iluminaba diciendo que ese movimiento tenía que ver con la honrilla o algo así, pero también permaneció mudo, igual que un confundido niño de casi ocho años de edad.
Pensé que el árbitro no permitiría tal cosa, que suspendería el encuentro, que los Tigres se habían vuelto locos, que el loco era el silbante, ¡qué sé yo! Tantas cosas que pensé y no dije. Mientras formulaba mis primeras disertaciones como fanático cementero, Pilarreyes jugó el balón de taconcito y lo sirvió elegantemente a un compañero suyo que disparó sin misericordia al arco azul, y no sé de dónde apareció el Gato, el Superman, Dios, todos juntos en uno para evitar que la pelota horadara nuestra meta. Sólo vi volar ese suéter de rayas horizontales que a los ojos de cualquiera parecía sudadera dominguera, pero para mí, que empezaba a conocer los mitos del futbol, ya era sagrada y más que eso. Sin embargo, pese a la gran estirada del enorme arquero celeste fue el inevitable tres-tres.

Instantes más tarde el hombre de negro dio por terminado del partido. Yo nunca había ido a una final con empate, de hecho yo nunca había ido a una final, pero aquí el marcador me indicaba tres por tres. No sabía que esperar, ¿lo deciden con gol gana o con un volado?. Mientras mi mente se colmaba de preguntas sin respuesta después del silbatazo final, todos los jugadores del Cruz Azul corrieron a abrazarse. La cancha se inundó de fotógrafos y de un sinnúmero de personas. El viejo y sabio aficionado exclamó: “¡El Cruz Azul es el mejor equipo de México y del mundo, que digo del mundo, del universo!”, y para siempre estuve de acuerdo con tal declaración.
“El Cruz Azul ganó uno a cero a media semana”, me dijo mi padre, y como un chispazo eléctrico sumé tres más uno y por lo tanto La Máquina era dueña del campeonato, así que dejé mis temores a un lado para unirme al jolgorio celeste que ya invadía el graderío. Sentí hasta lo más hondo cuando mi padre me dijo: “Marín está llorando”, y por vez primera vi a un grande llorar, y a muchos metros de distancia de mi nuevo y eterno ídolo derramé mis lágrimas de júbilo a la par de él.
Me sentí engañado por la angustia que sufrí con el empate a tres sin saber que había un tanto de ventaja en el marcador global (jamás había escuchado esa palabra). Me sentí engañado por haber pensado que más de cien mil almas en las tribunas, los once azules y Don Nacho estaban sufriendo conmigo el dolor de haber sido empatados.
Me sentí engañado por creer que Pilarreyes sentía que él podía meter el cuarto para romper el empate y sacarle el título a La Máquina.
Me sentí engañado pero absolutamente feliz por haberme dejado tocar por la pasión, el dolor, la alegría, la angustia, el júbilo, el llanto, la explosión, la tensión, la cercanía con los ídolos, la belleza y la redención que gocé y disfruté plenamente el día que yo me enamoré del Cruz Azul

Página creada por jorge2774
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