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Anecdotas De Un Portero Lider..miguel Marin
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Anecdotas De Un Portero Lider..miguel Marin
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Miguel Marín
El portero como líder. Díficil eludir la imagen del portero como guardían de un reino necesario: el de la inviolabilidad. Su labor en el campo, sin embargo, amplía su rango al de un líder que construye, desde su posición, ataques raudos hacia la puerta contraria o cansinos despliegues buscando la tenencia de la pelota. O se amarra a su condición de guardián de una fortaleza, o privilegia la voluntad oculta de ir al frente y se transforma en el último hombre de su defensiva. ¿Qué les da esa categoría de gigantes cuando se adscriben a la terrenalidad, al juego a ras de pasto, a los pelotazos que rayan diagonales imposibles en busca de los rincones, al tiempo que guardan una perentoria ingravidez cuando vuelan metros bajo los tres palos, o en las espectaculares salidas que descuelgan farolas sobre las testas de los rivales? ¿Qué los convierte también en murallas infranqueables, en relampagueantes felinos, en superhéroes sensibles? Esos razgos tenía Miguel Marín Acoto, portero que en los años 70s ayudó a forjar la leyenda de Cruz Azul como un cuadro invencible y letal. Como líder del club ayudó a sobrellevar instancias en esos torneos fatigosos de 38 fechas; fue el mejor portero en el territorio nacional mientras vistió sus reconocibles sudaderas de rayas horizontales o azul cielo o negras, al tiempo que creó estampas de plasticidad más que vistosas, al cubrir los 16 mts cuadrados que resguardan los postes. A su vez, portaba la estampa del ídolo nato cuya gallardía lo acercaba al ideal del héroe urbano. Su sencillez le permitía, por eso, estar siempre rodeado de niños, quienes veían en el Gato la mistificación de un deportista más que entrañable.
El portero como ídolo. En mi infancia, tres imágenes presidían la sala. Una era la del Cruz Azul que se había convertido en el primer tricampeón del futbol mexicano después de algunos años. Otra era la del subcampeón Atlético Español, equipo de mi padre. Y la tercera era la de Miguel Marín. El Gato vestía una sudadera negra y lucía la infaltable sonrisa detras de dos manos abiertas, desnudas y deformes, una visión que sintetizaba la vocación del mártir capaz de detener todo tipo de tiros. Es decir, el castigo propio como satisfacción del aficionado leal a su camiseta. Pero no partía de esta imagen de Superhéroe susceptible de sufrir heridas la cualidad de Marín; tenía que ver, también, su gran capacidad como guardameta. Nacido en el seno del Vélez Sarfield, equipo con el que debutaría en los años 60s, Marín llegó en 1971 a Cruz Azul, ya como un portero experimentado. Fue el primer puntal extranjero del club, tomando como base a un grupo de jugadores mexicanos que ayudaron a su ascenso en 1964. Había estado con la Selección Olímpica Argentina en ese mismo año y traía consigo la ilusión de trascender en un equipo que navegara entre los márgenes de la reconstrucción, la consolidación futbolística y la supervivencia. Para su fortuna, Cruz Azul comenzó a crecer a la par de su leyenda bajo los tres postes y se hizo de varios campeonatos que llevaron a Miguel Marín al territorio de los semidioses encarnados en su propia galería de vuelos y atrapadas imposibles. Se volvió común encontrarlo en anuncios televisivos, en entrevistas o en posters. Era el deportista cuyo carisma le permitía lidiar con el stablisment de los medios de comunicación, sin atender esas provocaciones que alienta la farándula y el oropel y los convierte en figuras de deshecho. Ganó 5 títulos con la maquina, aunque más objetivo sería decir que disputó 5 finales y que no perdió ninguna. También sería justo afirmar que de esos grandes jugadores que hicieron las delicias de un futbol en tensión permanente, un futbol incapaz de trascender más allá del autoelogio y la exhaltación de los comentaristas de la época, el fue el que les ganó a todos, porque era grande y formaba parte de un plantel que comenzaba a inscribirse en una tradición de sólo dos clubes, las Chivas y el América. Todo mundo piensa en él como el gran guardameta capaz de ganar finales, elemento de una estructura equilibrada y armónica. Sin embargo, son más los que lo recuerdan por el autogol que metió para favorecer al Atlante, otorgándole así un razgo de lesa humanidad a una carrera perfecta. Yo pienso en los disparos que le hicieron Cabinho, Carlos Reynoso, Hugo Sánchez, Enrique Borja, Osvaldo Castro "Pata Bendita", Juan José Muñante, Gerónimo Barbadillo, y que no fueron goles por los impresionantes reflejos que construyeron su historia bajo los tres postes.
